miércoles, 27 de noviembre de 2019

Venezuela: una aspiración de cambio frustrada. El fracaso de la estrategia opositora.




Venezuela en la actualidad goza, aparentemente, de una estabilidad que no va en consonancia con los datos del comportamiento económico del país. La crisis ha derivado en una precaria calidad de vida para la inmensa mayoría de los venezolanos.  Uno de los datos más recientes, según proyecciones del Fondo Monetario Internacional, indica que para 2020 el desempleo del país será el más alto del mundo, con una tasa de desocupación del 50.5%[1].

El país inició el 2019 con una convulsión social producto del irreconocimiento de Nicolás Maduro como presidente  y la proclamación de Juan Guaidó como mandatario interino, con el apoyo de la gran mayoría de las democracias occidentales.

Para el 2018, recordemos, era impensable un escenario así. Durante ese año la maquinaria propagandística del régimen instalado en Miraflores se encargó de extinguir cualquier esperanza de cambio político en la ciudadanía, utilizando para ello su mejor recurso: la fuerza militar y paramilitar.

Después del fraude electoral en las elecciones presidenciales de 2013, la brutal represión de 2014, los bloqueos ilegales a la Asamblea Nacional y al referendo revocatorio en 2016 y los múltiples asesinatos, torturas y detenciones en las protestas de 2017, era comprensible el surgimiento de una frustración generalizada en los ciudadanos que aspiraban a un cambio político en Venezuela.

La frustración por los fracasos en los intentos de rebelión contra el chavismo es un sentimiento que lejos de disiparse tendió a acumularse, pero siempre dando espacio a nuevas oportunidades que pudieran conseguir el cambio político, tal como se demostró en el primer semestre de este año cuando las manifestaciones en apoyo a Juan Guaidó colmaron las calles del país.

Para estos momentos, la pugna interna entre diversos sectores de oposición ha ganado un terreno importante en la discusión política venezolana. En conversaciones con familiares, amigos o en el monitoreo de redes sociales se puede observar como la disputa entre las diferentes opciones opositoras cobran mayor protagonismo que incluso la disputa discursiva contra el régimen chavista. Esto es comprensible cuando se ven los estudios de opinión que indican una muy baja popularidad de Nicolás Maduro.

La población venezolana tiene esperanzas de cumplir sus demandas ciudadanas no con el cambio de rumbo del régimen de Maduro sino con su salida del poder, a partir de allí podríamos entender el aumento de la disputa interna opositora; no se espera nada de Maduro, pero sí de los líderes opositores, bajo esa lógica recaen los múltiples cuestionamientos que realizan los ciudadanos.

En estos momentos también existe una amplia comprensión de que el régimen de Maduro no dejará el poder si no se generan las condiciones que lo presionen a hacerlo, y hasta ahora, como es evidente, los intentos opositores por propiciar ese escenario han fracasado.

Recientemente Guaidó convocó al país a activar una nueva serie de protestas con la misión de romper con la aparente estabilidad que mencioné al inicio de este escrito. Atendiendo a ese llamado, el sábado 16 de noviembre de 2019 nuevamente miles salieron a la calle, dando otra oportunidad al dirigente opositor. La convocatoria fue notablemente menor a las que se vieron hace algunos meses, sin embargo, se demostró que una parte importante de la sociedad sigue dispuesta a responder al llamado del grupo opositor liderado por Guaidó.

Esta convocatoria no contó con el respaldo de otros espacios opositores, como el de María Corina Machado. Desde Vente Venezuela afirmaron a elpensadero.net que no se podía apoyar una convocatoria que no tenía detrás una estrategia y que no estaba enmarcada en ningún plan de acción sino en la improvisación. Días atrás un activista del partido Voluntad Popular se quejaba de lo mismo, criticaba la improvisación diaria y la conducta “decepcionante” del presidente Guaidó, a quien calificó como un “inmaduro agrandado”.

Ahora bien, después de escuchar el discurso de Guaidó en la concentración recién mencionada, se me hizo imposible no recordar estas dos conversaciones y no otorgarles la razón. Ese día al presidente se le vio menos soberbio, sí, pidió disculpas, pero recurrió nuevamente a un discurso y una estrategia que ha fracasado rotundamente en los intentos opositores por desalojar del poder al grupo criminal de Maduro.

Una estrategia fracasada

Desde mi análisis, la estrategia de Juan Guaidó se ve empañada por una aparente soberbia, propia y de su entorno, que impide la crítica interna y el cambio de rumbo. Ya han sido años de marchas y frustraciones, de mensajes a la fuerza armada, de exaltar la “moral” de los funcionarios, como dijo el presidente encargado recientemente, y de esperar actuaciones de buena voluntad por parte del régimen en el poder. Esto último, por absurdo que parezca, es la tesis que sostienen con fuerza diputados como Stalin González o Manuel Teixeira, a quienes tantos años de mesas de diálogo en búsqueda de una recapacitación del chavismo parecen no afectarles su genuina esperanza.

Ahora vamos con lo que creo es la peor característica de esta estrategia reciclada, hablo de la centralización de la protesta y la imposición de contenido que se les hace a las grandes mayorías demandantes del país. No son pocos los ciudadanos que se quejan tanto de las ideas como de las realidades materiales abruptamente distintas que los alejan de la clase dirigente. Bajo esta dinámica, la oposición al chavismo ha sido ineficiente en interpretar las demandas ciudadanas y con base a ello construir una estrategia que permita avanzar hacia una solución al conflicto.

Me permito hacer una aclaratoria en cuanto el término “realidades materiales”, pues con él no pretendo acudir al absurdo divisionismo entre las llamadas clases sociales, sino a los diversos casos donde parte de la cúpula opositora y sus cercanos han mejorado notablemente su calidad de vida en momentos donde el país se encuentra en plena decadencia. Además, sin una justificación clara y muy por el contrario con bastante turbulencia, como pudimos notar en el caso del llamado “cucutazo” o en las denuncias de corrupción del entorno del diputado Henry Ramos Allup, expresidente de la Asamblea Nacional.

Continuando con el tema de la centralización de la protesta, el “Frente Amplio Venezuela Libre” pareció, en su momento, una respuesta a la tan necesaria descentralización y a la monopolización de difusión del clamor de cambio de los venezolanos por parte de la cúpula dirigente, que se ha limitado a dar instrucciones desde una concepción tecnócrata; sin embargo, y para nuestra decepción, ese espacio se limitó a ser la nueva cara de la extinta Mesa de la Unidad Democrática; la participación de los diversos sectores nacionales se limitó solo a vocerías en actos cargados de mensajes positivos, lejos de los espacios de toma de decisiones. Si esto persiste y no se da una pronta rectificación que cambie el modelo con que se vienen tomando las decisiones en las fuerzas opositoras venezolanas, es inevitable que sigamos condenados a la lamentable realidad de sometimiento que tiene el país.

Por otro lado, los opositores recelosos de la estrategia de Juan Guaidó tampoco han aportado demasiado en la difícil tarea de dar con una formula efectiva contra el chavismo. Las propuestas de María Corina Machado son un ejemplo de ello. No existe un plan de acción realista, por el contrario, se sigue imponiendo un idealismo que pareciera no ser el camino más viable para transitar hacia una salida que consiga devolverle la democracia a Venezuela. No hace falta demasiado análisis para hallar la ausencia de un factor fundamental en los procesos de cambio, que ni Juan Guaidó y su sector, ni María Corina Machado y los suyos, poseen; hace falta pragmatismo.

Insisto, y a pesar de todo, a estas alturas Juan Guaidó sigue siendo el activo opositor más importante, sobre todo por el amplio reconocimiento internacional y la aceptación nacional de la que aún goza. La apuesta debe ser la configuración de una nueva estrategia, que no sea un muro de contención construido por las conveniencias políticas del día, que terminan evitando el surgimiento de nuevas maneras de manifestación y presión popular. En cambio, se debe hacer un esfuerzo por descentralizar, empoderar y organizar a la sociedad, para que en cada rincón del país surjan mecanismos que, orientados por el mantra central que es la salida de Nicolás Maduro y su cúpula, logre el objetivo que la inmensa mayoría de los venezolanos anhela.

Por: Emerson Cabaña, para elpensadero.net

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